Ni consola, ni consolo
Un día como otro cualquiera te ves esperando, encaramada en una minúscula alfombrilla, con el barreño de la ropa amorosamente lavada unas horas antes goteando, con el pelo mojado, los cristales de las gafas cubiertos de gotitas que compiten con las cinco dioptrías para impedirte la visión, los pies absurdamente empapados incómodos dentro de unas sandalias de cuero que igual no sobreviven, y pensando en la lavadora llena de ropa también mojada que espera ser tendida.
Y entre que suena el timbre y se abre la puerta reflexionas sobre los últimos diez minutos de tu vida; la alegría de que estuviese lloviendo, seguida del sobresalto al recordar la ropa tendida, y la ridícula carrera hacia la azotea confiando en rescatar algo medianamente seco, la decepción al ver que la ropa está más mojada que cuando salió de la lavadora y la furia de ver que de repente llueve más fuerte.
Recuerdas cómo recogiste arrancaste la ropa entre gruñidos y maldiciones y la cara de tonta que se te quedó ante la broma del conserje, jocoso él, cuando te lo cruzaste en el rellano sólo unos segundos antes.
Entonces se abre la puerta, aparece una cara sonriente, y te das cuenta de lo ridícula que estás, así que se te escapa una carcajada. Acabas de rejuvenecer 20 años.





Pues, qué quieres que te diga chavala,…lo bueno del euribor es que te encuentras con 28 (que no 30) sin piso que pagar, con la carrera terminada, ingresos mensuales y pareja muy estable, así que aún nos quedan unos años para el ¿qué se nos ha perdido a nosotras en una fiesta?