Construyendo la pirámide, Once upon a time, Personal, Trota, trota, trotamundos soy

Volando a casa

El verano de 2006 nos fuimos a París a visitar a mi hermano y a Ana, a Amsterdam y a Brujas. Bueno, mis vacaciones acabaron en Brujas, las suyas (afortunado) se prolongaron una semanita más por Austria y Alemania.

Eran mis primeras vacaciones como trabajadora, y la empresa en la que trabajaba cerraba 15 días en verano, y otros 15 en navidad. Para aprovechar al máximo los 15 días saqué mi billete de vuelta justo para el día de antes de incorporarme al trabajo. Aterrizaría en Madrid a media tarde, cogería el tren, y estaría en casa para cenar, poner la lavadora y acostarme pronto.

Nos levantamos temprano, recogimos la tienda de campaña y las mochilas y nos fuimos al aeropuerto (Bruselas Charleroi) de Brujas a Bruselas, donde de casualidad pudimos coger el autobús que iba al aeropuerto. No es que fuésemos sobrados de tiempo, pero en principio parecía que la cosa iba bien. Pero el autobús no llegaba al aeropuerto, media hora larga, y nada, empiezan los agobios; una hora y nada, aumentan los agobios.

Mi avión salía antes que el suyo, así que yo iba realmente apurada. Por fin llegamos al aeropuerto y todavía me daba tiempo a facturar, así que salgo corriendo en dirección a la (minúscula) terminal y pregunto en información por el mostrador que me corresponde. Se ha equivocado de aeropuerto, ¿De terminal?, No, de aeropuerto, Ah, gracias. La cara que se me debió quedar tuvo que ser de película. Sólo la teletransportación podría haberme ayudado, pero la tecnología no estaba de mi parte, así que me resigné a perder el avión.

La muchacha de información, que resultó ser un cielo, me buscó en Internet más posibilidades para volar a España ese día, ahora había que comprar el billete, todo esto en un mar de lágrimas, como no. El vuelo elegido fue uno de Virgin Airlines, que salía del otro aeropuerto esa misma tarde. Con la tarjeta de crédito de mi madre compré el billete por teléfono. Salva tuvo que facturar y le llamaron a embarcar, me quedé sola, pero ya estaba todo solucionado. Tenía que volver a Bruselas en el autobús, y coger allí el tren que me llevaría al otro aeropuerto, pero había tiempo.

¡O eso creía yo! Cuando fui a coger el autobús había uno que salía, quise subir, pero no me dejaron…, así que me tuve que esperar al siguiente, que salió más de una hora después, y volvió a tardar más de hora y cuarto en llegar. Esperé 15 minutos a que saliese el siguiente tren, y el revisor no me quiso supo decir a qué hora llegaría. Yo enganchada a la línea de clientes de Virgin, intentando preguntar a qué hora cerraban la facturación, pero no había manera de contactar con nadie. En mi vida había estado más nerviosa, se me durmieron los pies, así que me puse de pie, se me durmieron las manos, se me estaban empezando a dormir la nariz y la frente (¿¿¡¡¡!!!??), y por fin llegamos al aeropuerto. Fuese cual fuese la hora límite de facturar, a mí se me había pasado ya con creces, de hecho quedaban menos de 10 minutos para la hora del despegue.

Había cola en uno de los mostradores de facturación, pero me colé la primera sin preguntar siquiera. La muchacha me remitió a su compañera del mostrador de al lado, que no estaba facturando. Se puso en contacto con el avión y le dijeron que existía la posibilidad de pasar mi mochila (mi mochila de 40 litros con tienda de campaña incorporada) como equipaje de mano, así que me dio una tarjeta de embarque. Eché a correr hasta la puerta de embarque, que estaba como a mil kilómetros de allí. En el control de seguridad me prohibieron pasar las piquetas de la tienda, y un martillo de mango metálico que tenía un gancho en la punta (lógico), y me hicieron abrir la mochila porque en el escaner salía un cuchillo o no sé qué. Tras comprobar que no había nada, me dieron vía verde. Por no pararme a acoplar las cosas de nuevo en la mochila, dejé allí el saco de dormir y el aislante, apreté las correas de la mochila, eché a correr de nuevo y allí estaba, la puerta de embarque, con una TCP esperándome. Temía las caras de odio en el avión por haber retrasado el despegue, pero sólo encontré caras de comprensión, viva la empatía de la gente.

Los trabajadores de Virgin se portaron maravillosamente conmigo, me dieron agua, me dejaron sentarme en los asientos que tienen el pasillo más ancho (que son más caros), me dejaron subir al avión un equipaje que era 3 ó 4 veces el permitido justo el verano en que empezaba el tema de las bolsitas de plástico en los aeropuertos de Londres y, sobre todo, me esperaron hasta que llegué.

En aquella época el innombrable vivía todavía en casa, y mi madre y él tuvieron el detallazo de venir a Madrid a buscarme, de no haberlo hecho, tendría que haber cogido el Secorbus de la 1, que llega a Córdoba a las 5, llegar a casa, ducharme, coger el coche e ir a trabajar.

Por suerte como decía vinieron a buscarme, pude acostarme sobre las 3 y descansar un poco antes de ir a trabajar al día siguiente vestida, eso sí, con ropa de andar por casa, porque no tenía nada limpio decente…

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2 thoughts on “Volando a casa”

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