Desvaríos de una mente desocupada, Trota, trota, trotamundos soy

La cafetería de la estación

De pequeño, en el pueblo, solíamos ir todos los domingos a la estación. Mi madre y mi abuela tomaban café, charlaban con la gente, se reían, y yo miraba los trenes, siempre lleno de curiosidad e incapaz de imaginar de dónde salía tanta gente, indagando de dónde vendrían o adónde irían, demasiado inocente aún para saber que por un pueblo tan pequeño como el nuestro sólo pasaba un tren, y gracias.

Mucho antes de que yo naciera mi tío, el hermano mayor de mi madre, se fue del pueblo, así que cuando muchos años después (demasiados según mi madre y mi abuela) anunció su regreso para el martes siguiente, en mi casa no se hablaba de otra cosa. Me dijeron que mi tío había sido soldado, y después se había metido a artista, y que le había dado la vuelta al mundo varias veces, también me enseñaron una foto de cuando era joven y concluyeron que éramos dos gotas de agua, aunque no era cierto.

El martes en cuestión me dejaron saltarme el colegio y me vistieron de domingo para ir a la estación ¡no éramos los únicos! Casi medio pueblo se había reunido en el andén para recibir a mi tío. Y es que en un pueblo donde lo más interesante que se recordaba en los últimos años era el rescate de una vaca que había caído en una alberca, su llegada era todo un acontecimiento. Llegó el tren. Mi tío ya no era el muchacho guapo y re porte regio de la fotografía, y aparentaba muchos más años de los que en realidad tenía, pero todavía las mujeres se sonrojaban al verlo pasar.

Luego, por la tarde, ya tranquilos en casa, me enseñó un mapa que había comprado antes de venir, juntos lo colgamos en la pared de la cocina, y nos pasamos la tarde señalando con alfileres los sitios en que había estado. Era impresionante, había estado en todas partes, excepto en los océanos, no había espacio del mapa en que hubiese podido apoyar la palma de la mano y separar los dedos sin dar con un alfiler, y de todos esos sitios, al final, había llegado a casa en el tren…

El viejo edificio de la estación se convirtió para mí en una grada desde la que podía contemplar el mundo a través de los viajeros, y cada vez que no estaba con mi tío escuchando sus viajes, corría a la estación y me pasaba allí las horas muertas. No me cansaba nunca de esperar, los ojos me brillaban cuando pasaba un tren, o cuando paraba alguno, y alguien subía o bajaba, alguien con una historia, con una viaje.

En verano iba casi todos los días un rato a ver los trenes, pero no siempre a la estación, había un cerro desde el que podía despedirme de los trenes y los viajeros mientras merendaba mi magdalena sentado en la hierba. Esos saludos eran pequeñas partes de mí que viajarían con el tren y puede que tal vez, al bajarse el viajero del tren, comentase a quien allí le esperaba que desde un cerro, un niño le había dicho adiós con la mano.

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