Construyendo la pirámide, Personal

El derecho a la queja

Laboralmente me va bien, soy autónoma (que es una mierda, pero eso es otra historia y debe ser contada en otra ocasión), y en poco tiempo he pasado de tener un único cliente, a una suerte de pluriempleo. Desde febrero estoy trabajando en una oficina para un proyecto que debería haber terminado en mayo pero que, como las cosas de palacio van despacio, ahí sigue (y ahí sigo yo). Aparte tengo a mi cliente de siempre, al que no me puedo permitir perder, y alguna otra cosilla que surge a raíz de contactos que he hecho en mi empresa.

Y ahí es donde llega mi problema. Estoy un poco sobrecargada de trabajo entre semana, y los fines de semana no se quedan atrás. Concretamente éste me he lanzado a por más cosas de la cuenta, y veremos a ver en qué estado acabo (¡fabricantes de corrector de ojeras que me leáis (sé que sois muchos aunque no comentéis nunca), no os cortéis y duplicad la producción de cara al verano, me va a hacer falta!).

Así que me quejo, me quejo de que estoy cansada, de que tengo mucho sueño, de que el mundo es injusto porque unas veces tengo demasiado y otras apenas nada, de no tener más horas en el día, de no ser capaz de teclear más rápido porque en realidad yo no crecí con un ordenador en casa y tecleo utilizando un máximo de 5 ó 6 dedos de los diez que tenía la última vez que me los conté, me quejo de muchas cosas, a veces demasiadas, otras demasiado pocas.

Y cada vez que me quejo del exceso de trabajo surge una voz que me dice “¡Y que no te falte!”. Y eso digo yo, que no me falte. Pero es que a veces me parece que hay gente que cree que los autónomos trabajamos porque queremos, cogemos los encargos por amor al arte y que disponemos de nuestra vida a voluntad. Pero la triste realidad es que no, que cogemos los encargos porque un no en un momento dado cierra una puerta muy difícil de volver a abrir, porque la crisis también existe para nosotros y nunca sabes cuándo un cliente va a dejar de pagarte o a retrasarse en los pagos (como es mi caso), y porque no somos nuestros jefes, ni siquiera tenemos uno, los autónomos (al menos servidora) tenemos tantos jefes como clientes.

En fin, ¡escuchemos música!

La barca de sua – Humphrey y Nuria

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