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Con las manos en la lana

Esta mañana me levanté y mientras me tomaba el café de la mañana decidí que hoy iba a ser el día ¡en que iba a organizar mi stash!

He sacado todas mis ovillos, madeja, restos, y proyectos a medias de los distintos armarios, cajas y cestos…

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Ha sido una mañana intensa de clasificar, pesar y fotografiar, aunque gracias a la hoja de cálculo de mi stash que me he descargado de Ravelry he conseguido terminarla en sólo 8 horitas de nada.

He deshecho varios proyectos que no iban a ninguna parte, he colocado en bolsas de proyecto todos los proyectos empezados que quiero terminar, y hasta me he encontrado un proyecto que llevaba al 50% unos 3 años… y que ahora vive en una bolsa de proyecto esperando pacientemente su turno.

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No toda la mañana ha sido risa… algunas bolsas escondían el oscuro secreto que toda tejedora tiene en algún rincón de su casa: “¡vómito lanero!”

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Y así es como ha quedado la cosa:

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El cambio que no se ve, el grande de verdad, es que ahora todas mis lanas están registradas en Ravelry, con sus pesos y (la mayoría) con foto y todo.

Según Ravelry ahora mismo tengo unos 30 km de lana (sin contar con el megapedido que tengo que hacer mañana para tejer mantas de bebé a cascaporro) y eso me produce sólo un poquito pequeño de ansiedad lanera… y necesidad de tejer mucho, mucho, mucho para que esos 30 km se conviertan en algo más manejable.

¡Feliz miércoles y feliz semana santa para todos los que empezáis las vacaciones hoy!

 

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Sin demasiada vergüenza

Lo malo de disponer de espacio es que personas como yo, con una leve tendencia al diógenes de escala moderada, nos crecemos. Nos crecemos y empezamos a acumular cosas sin apenas darnos cuenta… Mi problema es que el espacio no está en mi piso, sino en el de mi madre, y la pobre ya estaba un poco hasta el sombrero de no tener sitio para nada porque mis cosas estaban literalmente en todas partes: no había ni un armario, ni un cajón, ni un estante, en el que no hubiese algo mío.

Con el tema de la ropa tenía una pelea interna: por un lado me gusta acumular pero por el otro tenía cargo de conciencia, por mi madre, que gracias a mí tenía la casa como un campo de minas y, en general, porque tener un montón de ropa en buen estado que sé que no me voy a poner cuando hay gente que no tiene pues me pica por dentro… Así que dicho y hecho, con hojaldrinas soborné a mi amiga Nerea para que se viniese a casa de mi madre a pasar frío y sacamos bolsas, bolsas y bolsas… ¡y lo que ha quedado! porque para bien o para mal, soy muyu apegada a las cosas y me cuesta deshacerme de lo que significa algo para mí.

A pesar de que pasamos frío fue una mañana de lo más productiva: mi madre tiene más espacio disponible en casa, la ropa que no usaba va a tener nuevo dueño, y yo me encontré un gorro de mis comienzos tejeriles… win-win-win 😀

Suele pasar que la gente, al enterarse de que tejo (¡de que tejemos! estoy segura de que nos pasa a toditos), reacciona diciendo que ellos no pueden/no saben/ no tendrían paciencia/ una vez lo intentaron y les salió un churro…

Nadie nace sabiendo. El gorro, que posiblemente es el primero que perpetré, está tejido con una lana tan sintética que no es que huela a petróleo, es que si se la meto al coche en el depósito estoy segura de que echa a andar… ¿Y por qué iba yo a elegir una lana que no pareciese el contenido estomacal de un payaso muerto? ¿por qué iba a enterarme de cómo se hacía un gorro antes de empezarlo? ¿por qué iba a preocuparme de tejer con la aguja que decía la etiqueta de la lana? ¿por qué, por qué…?

Yo le veía como punto a favor que en caso de avalancha si llevase ese gorro puesto sería la primera persona a la que encontrarían los equipos de rescate. Salva está de acuerdo, pero dice (y no le falta razón) que lo primero que harían sería echarme nieve encima, ¡por hortera!

¡Preparaos para el viaje psicotrópico de mi abominable gorro tóxico!

Si después de esto aún conservais la vista… ¡feliz lunes!