Minucias
El sol entrando por la ventana después de muchos días nublados.
Una caja nueva para guardar las cosas de coser.
Una nevada, como otra cualquiera, pero que me sorprende estando de paseo en el centro.
Temperaturas a las que no estoy acostumbrada.
Un paseo por el parque disfrutando del sol de invierno.
Un filtro nuevo para el té.
¿Qué te arranca una sonrisa?
Leer
Cuando empezó 2010 me hice el propósito de leer, al menos, un libro al mes, y fui bastante constante y lo cumplí. Así que para 2011 no me hice propósito alguno a este respecto, y aunque me mantuve en lo de leer un libro al mes, la verdad es que leí considerablemente menos que el año anterior. Y para 2012, bueno, aunque no me lo he propuesto “formalmente”, la verdad es que sí que me gustaría retomar el hábito lector (pero sin presiones, que me conozco), sobre todo porque los últimos meses de 2011 han sido los menos leídos de mi vida desde que aprendí a leer
Pues bien, esta mañana he leído en el blog de Maite teje que se ha hecho eco de la iniciativa propuesta por La lectora omnívora, de nutrirse para las lecturas de este año de una lista de libros sacada de la serie de televisión Gilmore Girls. Personalmente no he visto la serie, apenas unos capítulos sueltos, pero la idea de tener una lista de referencia de la que elegir las lecturas me ha parecido bastante interesante, así que, me uno.
De la lista, bueno, me he leído unos pocos (demasiado pocos), otros sinceramente ni los conozco, otros, conociéndolos, no me llaman la atención, algunos me da vergüenza no haberlos leído, y otros los he empezado y abandonado por las razones que sea. Creo que me centraré en estos últimos grupos.
La lista de libros es la siguiente, con los que ya me he leído marcados en negrita, la dejo detrás del salto para que no me quede la entrada demasiado larga.
…
Compás de espera*
No sé vosotras pero yo, cuando estoy segura de haber comprado la lana necesaria para un proyecto, hago una regla de tres para saber a qué porcentaje del proyecto corresponde cada ovillo o madeja, y así voy marcando mis progresos en Ravelry. Me gusta mucho saber en cada momento en qué porcentaje me encuentro y para ello en ocasiones he recurrido a operaciones matemáticas y hojas de cálculo y aunque no me avergüenzo (del todo), tampoco voy a entrar en más detalles.
Pues bien, el caso es que andaba yo tejiendo un proyecto que iba a necesitar diez madejas (sí, diez, menos mal que no las pagué yo xD), así que la proporción era fácil, cada vez que gastaba una bola, 10% más, y así estaba tejiendo la mar de feliz. Hasta que anoche llegué a un punto de conflicto: 70% según la lana gastada, 100% según el patrón, es decir, me sobraron 3 bolas enteras. Todavía me pregunto qué hice mal al comprar la lana, pero esa es otra historia…
Lo que cuenta ahora es que yo pensaba que tenía metros y metros de hebra por tejer en esta prenda, así que no me había planteado cuál sería mi siguiente proyecto (pensaba hacerlo durante la última bola) y ahora me he quedado un poco parada, con lanas en casa, pero sin un proyecto definido, con un jersey empezado que quiero deshacer, con una rebeca que iba a rehacer pero que he pensado en regalar, y con gastos y más gastos que hacen poco apetecible el salir a comprar lanas nuevas…

Reciclando fotos
¿Alguna vez os habéis encontrado en esta situación, con ganas y tiempo para tejer, pero sin tener claro qué hacer?
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* Quería llamar a esta entrada “Impasse”, pero la RAE me ha enseñado que es incorrecto usar esa palabra con el significado que yo quería darle. Nunca te acostarás sin saber una cosa más
2 meses, poco más o menos
Eso es lo que ha durado en funcionamiento mi ordenador nuevo, un precioso Sony que me compré en un momento en que el trabajo me estaba pidiendo más de lo que mi fiel Toshiba podía darme ya (después de tantos años, el pobre). A los dos meses, en septiembre del año pasado, se me escurrió de las manos con tan mala sombra que fui a romper la pantalla con el pico de la mesa, justo una semana antes de coger el avión para venirme a Estocolmo…
La historia de lo que pasó con el ordenador en su primera semana de convalecencia está escrita aquí, pero la cosa siguió, y a día de hoy, sigo sin ordenador.
Cuando me vine a Suecia decidí dejar el ordenador en España, en el mismo sitio donde lo había dejado antes, para que siguiesen intentando arreglarlo, pensando siempre que allí me iba a salir más barato arreglarlo que en Suecia. Además, como no me terminaba de cuadrar lo que me explicaba el técnico, un amigo que sabe del tema más que yo (y casi más que el propio técnico si me apuras) me hizo el favor de actuar como intermediario con él. La cosa no cuajó, no había manera de echar a funcionar aquello, pantallas y pantallas que no funcionaban cuando las conectaban, nadie en Sony era capaz de darle la indicación necesaria para conseguir echarlo a funcionar. Un desastre.
Al final, medio aburrida de esperar, llamé al técnico y le dije que iba a ir en navidades de vacaciones, y que me gustaría llevármelo estuviese como estuviese, para intentar arreglarlo aquí, incluso a sabiendas de que me costaría más caro.
Así que nada, fui al local que tienen, esta vez con mi chico que se entera más de esas cosas que yo, recogí mi ordenador y, muy importante, mi dinero, que me devolvieron íntegro, junto con una explicación técnica de lo que habían probado y una disculpa por no haber sido capaces de sacarlo adelante.
El siguiente paso fue llevarlo aquí en Estocolmo a una tienda Sony, donde me pidieron un depósito de 800 coronas (muchos euros) por el presupuesto que me descontarían del importe total si aceptase la reparación. En este punto estaba muy ilusionada, la verdad, porque realmente veía mi ordenador arreglado, en mi casa, precioso sobre la mesa y funcionando como un señor.
Nada más lejos de la realidad.
Esta mañana me ha llegado el presupuesto de Sony por SMS (y menos mal que ha sido por SMS, porque si no lo veo escrito, no me lo creo) y resulta que por el dinero que me piden y un par de comidas fuera me compro tranquilamente el mismo ordenador pero la versión más nueva. Soy consciente (ahora, no cuando compré el ordenador), de que he comprado una marca que es especialmente cara en el tema de respuestos y reparaciones pero, ¿en serio? ¿casi tanto como comprar un ordenador nuevo? ¿de qué se alimentan los técnicos aquí, de oro?
Últimamente mis necesidades laborales han cambiado, para bien o para mal, y creo que mis días de trabajar en casa delante del ordenador están contados, así que realmente no me hace falta un ordenador grande, con el netbook, mal que bien, me apaño. Con lo que ahora llega el momento del ¿qué hago? ¿me compro un monitor y me olvido de reparar la pantalla? ¿me busco alguien menos “sony” que me lo arregle por un precio más popular? ¿se lo vuelvo a mandar a los que me lo trastearon en España? ¿lo vendo a precio de chatarra? ¿lo guardo en un cajón y me olvido de que alguna vez existió? ¿me siento y lloro?
Ains…
Moraleja: no se os ocurra, jamás de los jamases, estrellar el monitor del portatil con el pico de una mesa, sólo trae problemas.
Tres, eran tres
Lo mío con las manzanas es amor-odio en toda regla, y lo peor es que me pueden pasar las dos cosas en el mismo día, amarlas en el supermercado y odiarlas en casa, y como consecuencia de vez en cuando me encuentro con el frutero lleno de esto: manzanas menos apetecibles que una chancla de esparto.
Lo natural en mí es resignarme a tirarlas, pero hoy he hecho una apuesta más arriesgada, he decidido usarlas.
Me ha venido la inspiración mientras hacía una crema de calabacín para la cena de hoy (y espero que para la de mañana). Me he acordado de un antiguo compañero de trabajo que me contó que le ponía pera a la crema de calabacín… Para no pillarme los dedos he googleado un poco y sí, hay gente que lo ha hecho antes que yo sin resultar en catástrofe, así que dicho y hecho, ¡manzana al canto!
El resultado ha sido una crema deliciosa, como siempre (para una cosa que me sale bien, tendré que presumir…), con un toquecillo diferente pero en absoluto identificable como manzana.
Me quedaban dos, aunque una ya tenía destino. Como no quería alterar mis planes culinarios demasiado, he googleado un poco más para descubrir que, con menos resultados que la anterior búsqueda, también hay gente que le ha puesto manzana a un guiso de patatas, así que… ¿qué es lo peor que puede pasar? ¿que no esté bueno del todo? Tampoco es tanto drama, y si al final hay que sacar los trozos de manzana, pues se sacan, ¿no?
El resultado, bueno, no es para echar cohetes, desde luego. La manzana tiene una textura peculiar (y yo soy muy de texturas), pero no aporta sabor ni nada, de hecho resulta un poco insípida después de haberla cocinado, supongo que no estaba la pobre en su mejor momento de forma.
Y la última, la que por parecer menos pocha tenía su destino escrito desde el principio, ha pasado a formar parte de un bizcocho de yogur. La mitad la he rallado dentro de la masa, y la otra mitad la he cortado como buenamente he podido para decorar el bizcocho por arriba. Además este bizcocho ha sido el orgulloso destinatario de un plátano hiperpocho que tenía escondido en un cajón (aunque no lo parezca, también tengo (y uso) fruta y verdura en buen estado).
Con buen pie
Atrás queda la vorágine de las fiestas, de los viajes, las visitas, las salidas, las comilonas y el exceso de bebercio, ahora toca centrarse y hacer las cosas bien, porque no basta con hacerse propósitos de año nuevo si no los cumplimos, o con aprender lecciones de año viejo si no nos aplicamos el cuento.
Yo en realidad sólo me he hecho un propósito para este año que entra, porque pienso que, conseguido ese, cualquier otra cosa me será más fácil. Mi propósito es aprender sueco y para eso me he matriculado en un curso intensivo que empieza en dos semanas. Me hace tanta ilusión que no me importa (demasiado) el importante desembolso monetario que he tenido que hacer para matricularme.
Terminando a lo grande :)
¡Qué mejor manera de terminar el año que con un cuello esponjoso, suave y calentito!

Ahora sí, muy feliz año nuevo a todos, ¡nos vemos en 2012!
Arena
Llevo un rato meditando acerca de 2011 y, por más vueltas que le doy, no consigo dar con la de cal, aunque sí veo muchas de arena. Esto se debe en parte a que soy una optimista convencida y en parte a mi memoria selectiva, que hace que los malos recuerdos se borren rápidamente…
Empezó 2011 con mi primer triunfo lanero, que, para ser sinceros, me llenó de expectativas que no se han terminado de cumplir. Así que, primera lección aprendida: no dejar que el triunfo se me suba a la cabeza.
En febrero llegó el primero de los muchos viajes que he hecho este año (para mi estándar, claro). Segunda lección aprendida: en las aerolíneas, como en la vida, “busque, compare y si encuentra algo mejor, cómprelo“.
Como quien no quiere la cosa llegó marzo y, con él, el tan ansiado momento. Tras una operación más molesta de lo que me esperaba y un post-operatorio bastante aparatoso, llegó el día en que, después de años y años, conseguí dejar gafas y lentillas atrás. Hoy, a nueve meses de la operación, puedo decir que veo como un lince y que no podría estar más contenta. Tercera lección aprendida: para ganar hay que arriesgar.
Abril llegó tranquilo, sin grandes sobresaltos en mi vida, que yo recuerde ahora. Seguía con mi rutina de clases de costura, traducciones, clases particulares, (poco) punto, (no mucho) gimnasio y paseos por la ciudad de la que sabía que en breve me despediría. Cuarta lección aprendida: si algo funciona, mejor dejarlo estar.
Con mayo llegó el calor y, valga la contradicción, recuperé mis ganas perdidas de tejer, de tocar agujas, de sumergirme en lana. Con mayo llegó también la esperanza, en forma de movimiento social, y en forma de entrevista de trabajo para mi otra mitad. Quinta lección aprendida: querer es poder, aunque los cambios grandes precisan de más tiempo y esfuerzo.
En junio puse a prueba mi paciencia tejiendo el archiconocido citron y llegaron las buenas noticias. Fue el principio de la cuenta atrás de unos meses en los que hubo mucho que hacer. Sexta lección aprendida: quien teje un cesto, teje un ciento.
Con julio el calor se hizo insorportable y la situación rayó en lo insostenible para mí. Si ha habido un mes malo este año ha sido julio y precisamente por eso, por el calor que me aletargó hasta lo indecible, y que me hizo relajarme, sentarme, comer y engordar, abriendo las puertas a una batalla que hoy en día sigue siendo encarnizada. Séptima lección aprendida: aún lo más común puede pillarte de sorpresa si bajas demasiado la guardia.
Agosto fue el mes de las cajas por antonomasia. Colocamos, clasificamos, empaquetamos, descartamos, hicimos viajes y viajes a Córdoba y al contenedor de basura, limpiamos y limpiamos rincones que ni sabíamos que estaban sucios. Octava (y quizás más importante) lección aprendida: no al síndrome de Diógenes, lo que acumulas hoy, alguien tendrá que empaquetarlo mañana.
¡Septiembre, oh, septiembre! Instalada en casa de mi madre en Córdoba, el mes de septiembre se pasó como quien no quiere la cosa entre organizar mis cosas, planear mi viaje y aprovechar de una rara coincidencia espacio-temporal para disfrutar de mis amigas como hacía años que no lo hacía. Además a final de mes fui objeto de una fiesta sorpresa con gente de dentro y gente que vino de fuera… Novena lección aprendida: pese a lo que diga mi abuela, se puede y se debe mantener a los amigos.
Con octubre llegó la mudanza, el cambio de aires, el darme cuenta de que estaba definitivamente lejos y que me iba a perder muchas cosas (como un nacimiento muy especial), la primera parte del proceso de adaptación y, aunque hubo malos ratos y lágrimas y enfados, asumo todo eso como parte natural de lo que estoy viviendo y como un mal necesario para llegar a donde quiero. Décima lección aprendida: a quien algo quiere, algo le cuesta.
Noviembre vino con una nueva mudanza, con la sensación de estar realmente en casa y con el descubrimiento de una pasión por la lana que antes no sentía. Seguí descubriendo tiendas y hasta un festival, acumulando y tejiendo, pero sobre todo acumulando. Y seguí luchando por adaptarme a esto, por arrugarme lo menos posible… supongo que no siempre lo conseguí, pero, insisto, es parte el camino. También trajo noviembre unas esperadas elecciones y un resultado no por más esperado menos decepcionante, con pequeña pérdida de la esperanza en la raza humana incluída. Undécima lección aprendida: no hay que volverse loca comprando lana.
Y diciembre, con el frío (pero sin nieve), la oscuridad, y un revés laboral acompañado por un pequeño apuro económico, me trajeron un poquito de tristeza y quizás me dejé hundir un poco más de la cuenta. Pero llegaron las navidades y pude coincidir en España con mucha gente (no con todos, por desgracia), y el sol me dió migrañas pero también energía. Duodécima lección aprendida: always look on the bright side of life (aunque dé migraña).
Bueno, a lo tonto a lo tonto, me ha salido una entrada más larga que un día sin pan
Propósitos de año nuevo no me hago (¿para qué?), o al menos no los hago públicos para no tener que tragarme mis palabras, pero tengo varias cosillas en mente que espero ser capaz de sacar adelante este año que entra.
Y, a falta de un día y poco para que caduque 2011, os deseo a todos un muy buen año y, como mínimo, que la cosa no vaya a peor (que visto lo visto ya es mucho pedir).
Un beso grande y gracias por haber estado aguantándome
Kanelbullar
Ni hola, ni adiós, ni por favor, ni gracias. La primera palabra que uno tiene que aprender cuando se viene a Suecia es kanelbulle (kanelbullar, si quieres más de uno).
La primera vez que vine a Suecia me enamoré de los kanelbullar, así que era lógico que la primera cosa sueca que preparase fuesen estos bollitos de canela.
He buscado y leído varias recetas en inglés y en español (si las busco en sueco seguro que acabo cocinando cualquier cosa extraña), y al final me he quedado con ésta, que es la que tenía unas cantidades más razonables (18 unidades en principio, frente a 40 o más que decían otras variantes).
Mis bollitos tienen algunas variaciones con respecto a los del enlace, que son:
- Por no saber sueco, he usado harina integral.
- La receta no especifica qué tipo de mantequilla, aunque en otras que he visto siempre se habla de mantequilla sin sal. Yo, por seguir la corriente, he usado la que había en casa, que es media sal.
- El relleno lleva sólo 40 gramos de azúcar blanquilla, en lugar de 80 de azúcar moreno.
- No les he puesto barniz: ni yema de huevo con leche, como dice esta receta, ni mermelada, como dicen otras, a mí no me gusta que la comida brille.
- Y, porque puedo, les he puesto azúcar perla como decoración. Aunque la receta que he seguido no le pone nada, aparte de las perlas de azúcar también se les puede poner almendra fileteada, o las dos cosas, mmm…
Y como frío hace un rato, lo que queda de domingo me acoplo en el sofá, con mi té y con mi bollo, a tejer tranquilamente…
Let it snow, let it snow, let it snow
Córdoba es una ciudad preciosa, siempre he pensado que es una ciudad maravillosa para llevar una vida tranquila (si tienes trabajo, claro, que como anda la cosa…), tiene historia, buena gastronomía, una oferta de ocio aceptable, está bien comunicada con ciudades más grandes como Madrid y Sevilla y además viven allí muchos de mis amigos… pero si hablamos de clima, Córdoba es lo más parecido a Mordor que he visto… lo siento, pero es así.
Por eso, teniendo en cuenta que Granada es la ciudad más fría en la que he vivido, estoy disfrutando increíblemente el comienzo del invierno en Estocolmo. Dicen quienes llevan aquí más tiempo que lo de este año no es normal, estamos casi a mitad de diciembre y todavía no está todo blanco… Para mí mejor, la verdad, así duran más estos días previos tan emocionantes.
Llegó el otoño y las hojas de los árboles amarillearon y cayeron, ya en el suelo se tornaron marrones y con las primeras heladas se congelaron. Eso es un festival, sobre todo si tienes la suerte de tener un minibosque cerca. Sales de noche (o sea, todo el día) y las hojas brillan como si tuvieran purpurina y, si hace suficiente frío, crujen suavemente al pisarlas… me encanta esa sensación… Luego empiezan a formarse sutiles capas de hielo en los charcos (si ha llovido, claro, como es el caso), que también son un gustazo de pisar. Después empieza a aparecer escarchilla en el césped y encima de los coches, y empieza a verse a gente con rasquetas dejando sus coches listos para la marcha… y todo ello aderezado con la inminencia de la nieve que, a mí, como buena novata, me hace una ilusión que no veas. Ya sé que me hartaré, que echaré de menos el calor y el sol de Mordor, pero eso ya llegará. De momento, estoy disfrutando como una enana, a pesar de haber catado el suelo gracias a mi poca pericia detectando placas de hielo































